• Pilar Paredes

El detector del mal.


Un viejo amigo, director de personal de una gran empresa me contó una vez la historia de su vida.

“Era una leyenda familiar. Decían que el bisabuelo siempre sabía cuando alguien o algo no era bueno. Me lo contaba mi madre en la casa de la aldea y los vecinos cuando venían a visitarnos lo corroboraban, decían que gracias al poder del abuelo Antón, se habían evitado algunas catástrofes en el pueblo. Como cuando se presentó una empresa que iba a construir una pequeña presa para que los campos tuviesen siempre riego. El abuelo Antón estaba allí cuando hicieron la prospección del terreno. Mi madre me contó que se armó una buena, pues hasta el alcalde tuvo que aguantar la negativa de los dueños del terreno que ya habían consultado con el abuelo.

El caso es que el bisabuelo Antón detectaba el mal con sólo mirarte a la cara y nadie tomaba ninguna decisión sin que éste diese el visto bueno. Así el matrimonio de mis padres fue muy feliz y no tanto el de mi tía Luisa cuyo marido emigró a América, abandonándola sin volver a dar noticias de sí. La tía era una rebelde y no se dejó aconsejar por el abuelo Antón.

Creo que yo heredé ese poder. La primera vez que lo experimenté fue cuando mi mejor amiga me presentó a su primer novio.

-“No me gusta” – le dije-

-“¿Pero por qué?- respondió ella muy alterada.

-“No lo sé, pero algo tiene que no me convence”.

Y acerté. Afortunadamente su relación duró poco.

La cuestión es que a partir de este hecho, todos mis amigos venían a presentarme a sus parejas o a pedirme consejo cuando buscaban trabajo. Yo me limitaba a decir lo que veía: “ no creo que esta persona sea idónea para ti” o “por lo que me cuentas ese jefe tuyo no tiene buena pinta”.

Algunos se enfadaban realmente conmigo porque muchas veces los hechos eran aparentemente contrarios a lo que a mí me inspiraban y hasta una vez alguien me espetó: -“ ¿Pero por qué solo ves las cosas malas? ¿ Acaso no hay nada bueno?”

Yo nunca conocí a mi bisabuelo Antón. Mi madre me había enseñado algunas viejas fotografías y su aspecto no revelaba ninguna característica especial de su persona.

Al pasar los años me convencí de que había heredado su intuición: Debía aprovecharla e intentar hacer algo útil con ella, tal vez contribuir de alguna manera a propiciar el bien.

Así que estudié Psicología y me especialicé en la selección de personal, lo que hoy se entiende por Recursos Humanos.

Llevó ya muchos años en esto y creo haberlo hecho lo mejor que he podido. Seguí detectando mucho mal en todas partes, pero, siguiendo la senda marcada por el abuelo Antón, me empeñé con todas mis fuerzas en impedir que las personas se contaminasen con él.

Y aquí sigo, apartando las malas hierbas, para dejar que el bien siga creciendo”.

#reclutador

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