• Pilar Paredes

La cizaña

Actualizado: oct 25


Hay una parábola en el Evangelio de San Mateo, sobre un campesino que sembró semillas de trigo en su campo. Una noche sus enemigos entraron en la propiedad y esparcieron la cizaña. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, nació también la cizaña. Los campesinos al ver lo que había pasado, preguntaron al hombre si quería que éstos arrancasen la mala hierba, pero el dueño del campo respondió que si lo hacían, se perdería también el trigo. Debían esperar a que éste creciese; en el tiempo de la cosecha, recolectarían todo y separarían la cizaña del trigo.

En la estupenda novela de Stephen King, “La tienda”, un viejo misterioso llega a una pequeña ciudad de Maine, en Estados Unidos y abre una tienda con objetos curiosos. Lo interesante de esta tienda es que la manera de conseguir los preciados objetos que a pesar de su incalculable valor, están a precio de ganga, el dueño de la tienda, solicita por su pago, realizar pequeñas bromas a los vecinos, de una forma tan manipuladora que acaba poniendo en evidencia los bajos instintos de las personas y sembrando la cizaña entre los habitantes.

El desenlace es terrorífico y brutal, como le gusta al gran Stephen King, pero en esta ocasión conlleva una reflexión importante: cuidado con lo que deseas y lo que escondes, no vaya a ser que un día salgan a relucir todos tus secretos.

En la parábola de Jesús está el origen de la expresión “meter cizaña”: los enemigos maliciosos intentan destruir la cosecha del objeto de su odio sembrando la “mala hierba”.

No sabemos si es fruto de la envidia o de los celos, pero el acto de maldad casi arruina una cosecha a no ser por la astucia del campesino.


Con reflexión y paciencia, se puede vencer a la “mala hierba”.

Este depravado acto humano es más común de lo que parece: personas inteligentes y manipuladoras, como en el caso del protagonista de “La Tienda”, saben cómo utilizar a los incautos para sembrar la semilla de maldad en una organización.


Es una tarea que necesita poca preparación aunque suficiente discreción.


En ambientes profesionales competitivos se puede padecer en ocasiones, situaciones similares.

A veces sólo se trata de algún envidioso pelota que quiere medrar en la compañía y que sólo posee el talento de la manipulación para hacer caer a los buenos y embaucar a los débiles. Se vale de mentiras y es un experto en divulgar noticias falsas a través de rumores de pasillos o correos electrónicos malintencionados.

Conocemos a lo largo de la historia casos muy similares, a veces, incluso injustamente atribuidos a mujeres, porque ellas suelen actuar entre “bambalinas” y son menos “ nobles” en sus artimañas malvadas.


Ahora me acuerdo de un personaje de lo más rastrero, se trata de Yago, el servidor y confidente de Otelo, protagonista de la obra de Shakespeare que lleva su nombre y que siembra la “cizaña” entre su patrón para provocarle los celos llevándole a sospechar que su amada Desdémona se “entiende” con su lugarteniente.


Guiado por su propia frustración y el sentimiento hacia Desdémona, Yago nos muestra lo cruel que puede llegar a ser una persona cuando se deja dominar por sus debilidades.


En este caso, pienso que el éxito de la misión de Yago se basaba fundamentalmente en el conocimiento de las debilidades de su señor y el buen uso del mismo. Si Otelo no fuese celoso por naturaleza, es probable que el drama nunca hubiese acontecido y la relación amorosa tendría un hermoso final.


Para que en una organización triunfe la cizaña tienen que darse dos factores: el conocimiento del adversario y el arte de la manipulación discreta, pues el que siembra el mal, no lo hace abiertamente sino que se vale del sigilo y de la oscuridad.

A veces se trata de un acto puramente instintivo llevado por la envidia o la codicia, pero lamentablemente suele acabar con la reputación o integridad de personas nobles porque se pone en entredicho su honor y lealtad.


La fuerza de la maldad consiste en sembrar la duda.

Hay cierto morbo en el espíritu humano cuando alguien levanta la sospecha sobre un conocido o un compañero: “Ha hecho esto o aquello, ha dicho esto o aquello, ¿será verdad? ¿Sería capaz?”


Y sin pruebas absolutas ni necesarias, una persona honesta puede ser llevaba a la “palestra” solo por las miradas o los silencios sospechosos de sus “enemigos”.

Dicen que cuando se desenlaza un evento así, lo mejor es mantenerse neutral y calmado. En primer lugar porque nadie debe ser juzgado alegremente por lo que se diga de él en los pasillos y otra porque no se puede valorar el trabajo de nadie basándose en rumores u opiniones.

Si, pero, ¿quién nos libra de la siembra de una cizaña en una organización una vez que se ha desatado?

Lo mejor es la prevención, sin duda. No sólo mantener una comunicación transparente y sincera frente a los rumores y las críticas, sino, fomentar las relaciones de confianza entre todos los miembros.

La igualdad y el respeto deben ser la base de unos buenos “recursos humanos”.

¿Cómo evitar que un acto de estas características desestabilice un equipo de trabajo o el rendimiento del empleado?

Empecemos por la igualdad, ¿acaso no puede provocar la envidia el favoritismo de un jefe hacia un trabajador o la diferencia de salarios entre unos empleados del mismo nivel?

Parece obvio, ¿no?

Aunque hoy en día se trabaja cada vez más por elaborar leyes que garanticen la igualdad y, a veces, sin violar la ley, uno puede sufrir las malas intenciones de un compañero o incluso de un superior.

En la parábola del Evangelio, se incita a pensar que para recoger los buenos frutos de nuestro trabajo, en ocasiones, tenemos que soportar también alguna mala hierba.

La paciencia y la honestidad nos ayudarán, en tiempos de cosecha, a recoger el trigo entre la cizaña.

O sino que se lo digan a Asterix en la aldea gala que los romanos no son capaces de conquistar.

En la divertida historieta “La cizaña”, emperador romano Cesar, recurre a una nueva artimaña para someter a los rebeldes, sembrando la discordia entre sus habitantes inoculándoles la semilla de la envidia y el rencor.

¿Lo consigue? ¡Por supuesto que no!


Poseer un espíritu sano, fuerte y alegre es fundamental para no envenenarse con la semilla de la discordia.


Y hacer como los galos rebeldes, formar parte de un equipo estable y honesto con un arma secreta muy convincente, ayuda a sobrevivir a la cizaña y recoger el fruto de la cosecha.

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